El Megáfono

Encendió el megáfono, se lo acercó a la boca y empezó a gritarle a su fotografía: “En lo bueno y en lo malo, ¡gilipollas!”

[Relato publicado por Microcuento.es el 17/06/2019]

Silencio

Relato finalista en el concurso literario “Silencio” organizado por el escritor Christian Martínez Silva. Bueno, pues aunque no he ganado, ya me habría gustado, creo que el segundo puesto está muy bien. Estoy contenta por la posición y por el relato. A ver qué opináis vosotros 🙂

“En el silencio de la noche los ruidos parecían más fuertes. Venían del otro lado de la puerta. Siempre venían del otro lado de la puerta. La primera vez que los oí, profundamente aterrado, me hice un huequecito en el fondo del armario y me tapé los oídos hasta que cesaron; ahora, desde la perspectiva del tiempo, casi se podría decir que les he cogido cariño. La secuencia no es siempre la misma. Junto con los ruidos, a veces se ven luces, se oyen voces, risas… Su risa… Aquella noche la luz se colaba a través de las rendijas. Miré y lo vi a él… Riendo… No me importa que pertenezca a otro mundo. No me importa que lo nuestro sea imposible. No me importa observarlo desde aquí. Con eso me conformo, ¡porque lo amo! Y es que de vez en cuando, los monstruos del armario también nos enamoramos.”

El Adivino

Querido Sr. Dabadá: Llevo recibiendo sus tarjetas muchos años y debo reconocer que al principio no le creía. Me imaginaba que era solo una cuestión publicitaria, que se las enviaba a todo el mundo, y así hemos pasado mucho tiempo: usted insistía, mientras yo me negaba a reconocer su talento. Luego me cambié de casa y ocurrió el milagro. Después de toooda la mudanza, cuando todavía no me escribe nadie a mi nueva dirección, abro esta mañana el buzón y allí estaba su tarjeta. ¡Me ha encontrado! ¡Ha llegado hasta mí! Al final no he tenido más remedio que rendirme a su poder. A ver si va a resultar que, además de pesao, ¡¡¡es usted adivino!!!

Canciones, Felicidad, Trabajar

Después de las explosiones, la gente dio por hecho que había llegado el final. La desconexión digital se produjo de golpe y la mayoría, que era muy joven, no recordaba la vida antes de internet. En pleno apocalipsis los mayores se convirtieron en la memoria de los demás: les contaban historias antiguas, les enseñaban canciones a los niños y bueno, aunque había que trabajar mucho, incluso en las condiciones más adversas, la felicidad siempre terminaba encontrando el camino.

El Calcetín Rojo

Querido diario:

Llevo más de una hora buscando el puto calcetín rojo y he tenido que parar porque si no, a lo mejor me vuelvo loca. Ya sé que no es la primera vez que se pierde, porque el “jodío” tiene tendencia a perderse, pero hoy precisamente lo tengo que encontrar. Como sabes, cada primero de mes me pongo mis calcetines preferidos porque me hacen juego con el abrigo, porque me ayudan a sentirme guapa, porque se han convertido en una especie de amuleto, y porque los llevaba la primera vez que nos vimos… Ha pasado mucho tiempo desde aquel primer encuentro que ocurrió por casualidad, como ocurren las cosas buenas. Recuerdo el miedo en sus ojos. La desconfianza… Recuerdo que me acerqué muy despacio… Y recuerdo que la gente lo entendió todo mal, porque la gente solo entiende lo que le da la gana.

Lo de mi abuela lo hemos solucionado muy bien. Aunque separadas por un montón de kilómetros, ahora ninguna de las dos se siente sola. Todos los días hablamos por Skype o chateamos por WhatsApp; cuando necesita comida le mando la compra directamente desde Amazon y algún capricho también le mando, porque mi abuela es un poco golosa, ya sabes. Desde aquellos años que pasamos juntas el mundo ha aprendido a funcionar de forma completamente diferente. Ella también es diferente. Yo soy diferente. A lo mejor es que nos hemos hecho mayores, solo eso.

Las visitas a mi abuela siempre son muy especiales, claro. Me cuida y me mima y por un momento el tiempo se para como si nunca me hubiera ido. Pero son incluso mejores desde que me olvidé por completo del miedo. Dejarlo a un lado es lo único que me ha hecho falta para cambiarlo todo. Ahora, lo mejor de pasear por el bosque, son mis conversaciones con el lobo.