Escritura, Aceptar, Cinco

Querido diario: Hoy me ha vuelto a pasar. Entro en una especie de trance y empieza la escritura automática. Al final voy a tener que aceptar que tengo el poder de conectar con el otro lado. Cinco años sin Mario y aún me sigue mandando mensajes. Ahora solo tengo que descifrarlos. Básicamente me grita: “¡Pero bueno! ¿Otra vez a oscuras? ¡Enciende la luz! ¡Enciende la luz! Te he dicho mil veces que si te rodeas de luz, lo verás todo mucho más claro.

Turistas, Descanso, Caminé

El descanso me vino de maravilla. El hotel espacial estaba muy conseguido pero la gravedad artificial te pasa factura. Nunca imaginé que tendría tanta suerte. Ver el amanecer a quinientos kilómetros de distancia no tiene precio. Me levanté. Preparé café. Leí un rato. Aún no había prisa. A las 12:00 sonó la alarma. Hora del ritual. Me puse los tacones, el uniforme de cuero y caminé hacia el club. Había encontrado mi vocación. Azotar turistas podía ser un trabajo muy gratificante.

El Megáfono

Encendió el megáfono, se lo acercó a la boca y empezó a gritarle a su fotografía: “En lo bueno y en lo malo, ¡gilipollas!”

[Relato publicado por Microcuento.es el 17/06/2019]

Estrellas, Interior, Conducido

Se subió al coche y condujo hacia el interior. Por el camino se hizo de noche. Aparcó y miró el reloj. No tenía la sensación de haber conducido tanto. Caminó unos metros y se sentó donde siempre. Desde allí podía divisarlo todo: las estrellas… La Luna… La Tierra… Marte lo había recibido como uno más, eso estaba bien, pero no podía evitar pensar entre lágrimas que el hogar no está donde uno vive; el hogar está donde el alma se quedó enganchada una vez, para siempre.

Huesos, Volamos, Rugido

—¡Mira, mira! ¡Son huesos de dragón mágico! Primero se sacan de la bolsa y se unen, y si lo haces bien hasta se puede oír su rugido.

—¡Anda! ¡Qué chulos! ¿Seguro que son de dragón? Y, ¿para qué los queremos?

—Pues para volar, ¡claro! Los armamos y volamos.

—¡Claro! ¿Cómo no se me había ocurrido? ¡Me encantaría volar!

—Sí, sí… ¡Te los vendo!

Silencio

Relato finalista en el concurso literario “Silencio” organizado por el escritor Christian Martínez Silva. Bueno, pues aunque no he ganado, ya me habría gustado, creo que el segundo puesto está muy bien. Estoy contenta por la posición y por el relato. A ver qué opináis vosotros 🙂

“En el silencio de la noche los ruidos parecían más fuertes. Venían del otro lado de la puerta. Siempre venían del otro lado de la puerta. La primera vez que los oí, profundamente aterrado, me hice un huequecito en el fondo del armario y me tapé los oídos hasta que cesaron; ahora, desde la perspectiva del tiempo, casi se podría decir que les he cogido cariño. La secuencia no es siempre la misma. Junto con los ruidos, a veces se ven luces, se oyen voces, risas… Su risa… Aquella noche la luz se colaba a través de las rendijas. Miré y lo vi a él… Riendo… No me importa que pertenezca a otro mundo. No me importa que lo nuestro sea imposible. No me importa observarlo desde aquí. Con eso me conformo, ¡porque lo amo! Y es que de vez en cuando, los monstruos del armario también nos enamoramos.”

El Otro Lado

El silencio blanco y profundo del sanatorio empezaba a ser agobiante cuando, de repente, la hipnomáquina se encendió otra vez. Para eso la habían traído; para entrar en funcionamiento ante cualquier indicio de que el sujeto pudiera estar despertando. A veces lo dormía solo unos minutos; a veces los minutos se convertían en largas horas de ruiditos, registros y medidas. La enfermedad avanzaba tan lentamente que todos confiaban en su recuperación, aunque tampoco por ello había que bajar la guardia. “Nunca se sabe…”, decía el sanador jefe. “Nunca se sabe…”.

La investigación telepática había descartado la intervención de terceros. Era inútil buscar culpables; no los había. Ni siquiera el propio sujeto había tenido nada que ver. Simplemente, a veces, los dioses también se estropeaban.

La máquina recreaba en la cabeza de Narciso las mismas imágenes una y otra vez… Y otra… Y otra más… Según los expertos, revivir el trauma era la mejor terapia para traerlo de vuelta. “El espejo…”, parecía decir entre sueños. “El espejo…”. Atrapado en su propio reflejo, la enfermedad no consistía en desear lo que veía; consistía en no poder darse cuenta de que El Otro Lado no era más que el reflejo de este.

El Adivino

Querido Sr. Dabadá: Llevo recibiendo sus tarjetas muchos años y debo reconocer que al principio no le creía. Me imaginaba que era solo una cuestión publicitaria, que se las enviaba a todo el mundo, y así hemos pasado mucho tiempo: usted insistía, mientras yo me negaba a reconocer su talento. Luego me cambié de casa y ocurrió el milagro. Después de toooda la mudanza, cuando todavía no me escribe nadie a mi nueva dirección, abro esta mañana el buzón y allí estaba su tarjeta. ¡Me ha encontrado! ¡Ha llegado hasta mí! Al final no he tenido más remedio que rendirme a su poder. A ver si va a resultar que, además de pesao, ¡¡¡es usted adivino!!!

Sin Anestesia

No me gustan las medias tintas, ni las tintas cargadas, ni los paños calientes. Ni los fríos… No me gustan las medias verdades, ni los cuentos camuflados, ni las omisiones – con o sin pensamientos, obras o palabras… Porque las mentiras adormecen y destruyen por dentro. Porque la verdad es siempre mejor a dolor; así, sin anestesia.

PatchWork – Capítulo 1

Hace unas semanas amenacé con escribir un relato por entregas porque me apetecía mucho escribir una historia más larga y más compleja, pero no sabía muy bien qué iba a salir de todo esto. Es la primera vez que me enfrento a otra cosa que no es un microrrelato y bueno, tengo mis limitaciones. Pero tenía la idea en la cabeza, dándome la lata, y al final ha ido saliendo. Espero que os intrigue, que os arranque una sonrisa y que os guste mucho. Estoy abierta a cualquier tipo de feedback, opinión, consejo, etc. Gracias por vuestro tiempo.

La historia empieza así:

Candela bajó del coche y caminó lentamente por la marisma hacia el punto de encuentro. Era muy temprano. Demasiado temprano. La bruma le cubría los pies y la humedad le iba calando el pijama poquito a poco. Al final del camino la esperaba la policía, junto con algunos compañeros de la prensa a los que madrugar, aparentemente, no les costaba tanto trabajo.

La parafernalia que había montado la científica era de película: una carpa, un helicóptero, varios equipos de rastreo y en el centro del cuadro una cajita roja, muy pequeñita, y cuatro señores vestidos de blanco representando una escena más parecida a un Portal de Belén que a la investigación de un crimen.

—¿En serio? ¿Otro dedo?— preguntó.
—En serio. Otro dedo— le confirmaron.

Tres meses antes de la llegada de Candela, alguien había decidido que el pueblo era el sitio ideal para repartir sus pequeñas cajitas macabras. Una cada semana. Una detrás de otra. Como si estuviera intentando enviar un mensaje que no se terminaba de entender y quizás pensó que a base de repetir, por fin se entendería. ¿El resultado hasta la fecha? Trece ejemplares del dedo de la peineta que seguro encerraban algún significado oculto…

La identificación no estaba resultando fácil. Nadie había desaparecido, o al menos nadie lo había denunciado, ninguno estaba fichado, no había coincidencias de huellas ni de ADN y bueno, no es que un dedo sea precisamente el espejo del alma. Lo que sí parecía seguro, después de las primeras investigaciones, es que ninguno era del pueblo.

—¡Hola, Candela! ¿Y el paloselfie? ¿Se te ha olvidado?— intervino brillantemente García, gran policía y mejor persona, pero sobretodo muy “cuñao”.

—No tientes a la suerte, García, o se acabó lo de pasarte LA información…

Desde el primer momento “el de los dedos” había elegido a Candela como su único portavoz. Cada vez que depositaba una nueva cajita, ella recibía una llamada anónima indicando dónde se podía recoger, y esa era LA información que luego le pasaba a García: el denominado “punto de encuentro”. A cambio, recibía todos los avances de la investigación que enviaba puntualmente a su periódico en la ciudad. El caso había alcanzado ya una amplia repercusión internacional y no era raro que los medios de comunicación enviaran a sus mejores influencers a cubrir las noticias… Sí. Influencers… El mundo del periodismo estaba cambiado mucho. García, que era de la vieja escuela en todos los sentidos, no entendía muy bien por qué tenía que aguantar a esa “gente tan moderna” pero para un caso importante que le caía del cielo, se conformaba con que el intercambio de información siguiera funcionando.

—Calla y disimula, que tengo novedades para ti— a García le gustaba hacerse el duro para no levantar sospechas, justo antes de soltarlo todo—: esta vez es diferente, Candela. Dentro de la cajita viene una nota. Trece semanas, ni una sola pista, ¡y por fin una nota!

—¿Una nota? ¿Y qué dice?— preguntó ella impaciente.

—Algo está a punto de pasar. Nos tememos lo peor pero ni idea de qué puede ser, ni de cómo va a ser, ni de cuándo… Por favor, tienes que estar muy atenta a cualquier llamada.

—¿Pero qué dice la nota, García? ¡Habla! ¡Que se me va a salir el corazón por la boca, hombre!

—La nota dice “SOLO UNO MÁS”.