Turistas, Descanso, Caminé

El descanso me vino de maravilla. El hotel espacial estaba muy conseguido pero la gravedad artificial te pasa factura. Nunca imaginé que tendría tanta suerte. Ver el amanecer a quinientos kilómetros de distancia no tiene precio. Me levanté. Preparé café. Leí un rato. Aún no había prisa. A las 12:00 sonó la alarma. Hora del ritual. Me puse los tacones, el uniforme de cuero y caminé hacia el club. Había encontrado mi vocación. Azotar turistas podía ser un trabajo muy gratificante.

Mecían, Días, Pensar

Hace días que no paro de pensar en que a la niña le pasa algo. Se sienta en la ventana acariciando esa muñeca, mientras murmura una letanía ininteligible que pone los pelos de punta. Hoy le he preguntado por fin; me ha dicho que cuando se mecían las hojas era porque los árboles nos estaban espiando, pero que si ella los vigilaba no se atreverían a hacernos daño. Por eso he decidido no tomarme las pastillas del psiquiatra. Me da miedo que la niña desaparezca y los árboles vengan a buscarme.

El Megáfono

Encendió el megáfono, se lo acercó a la boca y empezó a gritarle a su fotografía: “En lo bueno y en lo malo, ¡gilipollas!”

[Relato publicado por Microcuento.es el 17/06/2019]

Estrellas, Interior, Conducido

Se subió al coche y condujo hacia el interior. Por el camino se hizo de noche. Aparcó y miró el reloj. No tenía la sensación de haber conducido tanto. Caminó unos metros y se sentó donde siempre. Desde allí podía divisarlo todo: las estrellas… La Luna… La Tierra… Marte lo había recibido como uno más, eso estaba bien, pero no podía evitar pensar entre lágrimas que el hogar no está donde uno vive; el hogar está donde el alma se quedó enganchada una vez, para siempre.

Huesos, Volamos, Rugido

—¡Mira, mira! ¡Son huesos de dragón mágico! Primero se sacan de la bolsa y se unen, y si lo haces bien hasta se puede oír su rugido.

—¡Anda! ¡Qué chulos! ¿Seguro que son de dragón? Y, ¿para qué los queremos?

—Pues para volar, ¡claro! Los armamos y volamos.

—¡Claro! ¿Cómo no se me había ocurrido? ¡Me encantaría volar!

—Sí, sí… ¡Te los vendo!

El Otro Lado

El silencio blanco y profundo del sanatorio empezaba a ser agobiante cuando, de repente, la hipnomáquina se encendió otra vez. Para eso la habían traído; para entrar en funcionamiento ante cualquier indicio de que el sujeto pudiera estar despertando. A veces lo dormía solo unos minutos; a veces los minutos se convertían en largas horas de ruiditos, registros y medidas. La enfermedad avanzaba tan lentamente que todos confiaban en su recuperación, aunque tampoco por ello había que bajar la guardia. “Nunca se sabe…”, decía el sanador jefe. “Nunca se sabe…”.

La investigación telepática había descartado la intervención de terceros. Era inútil buscar culpables; no los había. Ni siquiera el propio sujeto había tenido nada que ver. Simplemente, a veces, los dioses también se estropeaban.

La máquina recreaba en la cabeza de Narciso las mismas imágenes una y otra vez… Y otra… Y otra más… Según los expertos, revivir el trauma era la mejor terapia para traerlo de vuelta. “El espejo…”, parecía decir entre sueños. “El espejo…”. Atrapado en su propio reflejo, la enfermedad no consistía en desear lo que veía; consistía en no poder darse cuenta de que El Otro Lado no era más que el reflejo de este.

El Adivino

Querido Sr. Dabadá: Llevo recibiendo sus tarjetas muchos años y debo reconocer que al principio no le creía. Me imaginaba que era solo una cuestión publicitaria, que se las enviaba a todo el mundo, y así hemos pasado mucho tiempo: usted insistía, mientras yo me negaba a reconocer su talento. Luego me cambié de casa y ocurrió el milagro. Después de toooda la mudanza, cuando todavía no me escribe nadie a mi nueva dirección, abro esta mañana el buzón y allí estaba su tarjeta. ¡Me ha encontrado! ¡Ha llegado hasta mí! Al final no he tenido más remedio que rendirme a su poder. A ver si va a resultar que, además de pesao, ¡¡¡es usted adivino!!!

Añado, Familia, Demasiado

Marina se despidió de su familia en el muelle número once. Como era su número preferido, todos los otoños le gustaba despedirse en el mismo sitio. El conjuro de rigor era el siguiente: “añado un poco de sal, no demasiado, no se vaya a desbordar el mar salado”. En ese momento sus piernas se convertían en cola y se perdía nadando entre las olas hasta las vacaciones de verano. Su madre, desconsolada, se sonaba la nariz mientras le preguntaba con cierto retintín a su marido: “No había más colegios, ¿verdad Manolo?”

Cadena, Primera, Casa

– ¡Cariño, mira! ¿Ves esa casa? ¿La primera de la colina? Cuando yo tenía tu edad la gente decía que estaba encantada… Imagino que lo decían porque la intriga es muy divertida y como no podían saber lo que pasaba dentro… Desde fuera parecía de película de miedo, con esa cadena en la entrada y las torres de ladrillo, tan altas. Ahora parece otra cosa: la nieve en el tejado, las luces, la chimenea encendida… Pero entonces daba muuucho miedo…
– ¡Abuela! ¡Yo creo que están celebrando la Navidad! ¡Como nosotros! ¡Hoy se celebra en tooodo el mundo!
– Sí, cariño, sí. Es que hoy, todas las casas están encantadas…

Llamo, Necesario, Trozo

¡Perdona si te llamo “amor”! Cómplice necesario de mis noches en vela. Trozo imprescindible de mi alma vacía, que solo se llena contigo.

¡Perdona si te llamo “amor”! Artífice único de nuestros errores perfectos. Víctima indefensa de mis aciertos fuera de contexto.

Agente del caos. Ángel caído. Compañero.