Turistas, Descanso, Caminé

El descanso me vino de maravilla. El hotel espacial estaba muy conseguido pero la gravedad artificial te pasa factura. Nunca imaginé que tendría tanta suerte. Ver el amanecer a quinientos kilómetros de distancia no tiene precio. Me levanté. Preparé café. Leí un rato. Aún no había prisa. A las 12:00 sonó la alarma. Hora del ritual. Me puse los tacones, el uniforme de cuero y caminé hacia el club. Había encontrado mi vocación. Azotar turistas podía ser un trabajo muy gratificante.

Mecían, Días, Pensar

Hace días que no paro de pensar en que a la niña le pasa algo. Se sienta en la ventana acariciando esa muñeca, mientras murmura una letanía ininteligible que pone los pelos de punta. Hoy le he preguntado por fin; me ha dicho que cuando se mecían las hojas era porque los árboles nos estaban espiando, pero que si ella los vigilaba no se atreverían a hacernos daño. Por eso he decidido no tomarme las pastillas del psiquiatra. Me da miedo que la niña desaparezca y los árboles vengan a buscarme.

El Megáfono

Encendió el megáfono, se lo acercó a la boca y empezó a gritarle a su fotografía: “En lo bueno y en lo malo, ¡gilipollas!”

[Relato publicado por Microcuento.es el 17/06/2019]

El Otro Lado

El silencio blanco y profundo del sanatorio empezaba a ser agobiante cuando, de repente, la hipnomáquina se encendió otra vez. Para eso la habían traído; para entrar en funcionamiento ante cualquier indicio de que el sujeto pudiera estar despertando. A veces lo dormía solo unos minutos; a veces los minutos se convertían en largas horas de ruiditos, registros y medidas. La enfermedad avanzaba tan lentamente que todos confiaban en su recuperación, aunque tampoco por ello había que bajar la guardia. “Nunca se sabe…”, decía el sanador jefe. “Nunca se sabe…”.

La investigación telepática había descartado la intervención de terceros. Era inútil buscar culpables; no los había. Ni siquiera el propio sujeto había tenido nada que ver. Simplemente, a veces, los dioses también se estropeaban.

La máquina recreaba en la cabeza de Narciso las mismas imágenes una y otra vez… Y otra… Y otra más… Según los expertos, revivir el trauma era la mejor terapia para traerlo de vuelta. “El espejo…”, parecía decir entre sueños. “El espejo…”. Atrapado en su propio reflejo, la enfermedad no consistía en desear lo que veía; consistía en no poder darse cuenta de que El Otro Lado no era más que el reflejo de este.

El Adivino

Querido Sr. Dabadá: Llevo recibiendo sus tarjetas muchos años y debo reconocer que al principio no le creía. Me imaginaba que era solo una cuestión publicitaria, que se las enviaba a todo el mundo, y así hemos pasado mucho tiempo: usted insistía, mientras yo me negaba a reconocer su talento. Luego me cambié de casa y ocurrió el milagro. Después de toooda la mudanza, cuando todavía no me escribe nadie a mi nueva dirección, abro esta mañana el buzón y allí estaba su tarjeta. ¡Me ha encontrado! ¡Ha llegado hasta mí! Al final no he tenido más remedio que rendirme a su poder. A ver si va a resultar que, además de pesao, ¡¡¡es usted adivino!!!

Cadena, Primera, Casa

– ¡Cariño, mira! ¿Ves esa casa? ¿La primera de la colina? Cuando yo tenía tu edad la gente decía que estaba encantada… Imagino que lo decían porque la intriga es muy divertida y como no podían saber lo que pasaba dentro… Desde fuera parecía de película de miedo, con esa cadena en la entrada y las torres de ladrillo, tan altas. Ahora parece otra cosa: la nieve en el tejado, las luces, la chimenea encendida… Pero entonces daba muuucho miedo…
– ¡Abuela! ¡Yo creo que están celebrando la Navidad! ¡Como nosotros! ¡Hoy se celebra en tooodo el mundo!
– Sí, cariño, sí. Es que hoy, todas las casas están encantadas…

El Calcetín Rojo

Querido diario:

Llevo más de una hora buscando el puto calcetín rojo y he tenido que parar porque si no, a lo mejor me vuelvo loca. Ya sé que no es la primera vez que se pierde, porque el “jodío” tiene tendencia a perderse, pero hoy precisamente lo tengo que encontrar. Como sabes, cada primero de mes me pongo mis calcetines preferidos porque me hacen juego con el abrigo, porque me ayudan a sentirme guapa, porque se han convertido en una especie de amuleto, y porque los llevaba la primera vez que nos vimos… Ha pasado mucho tiempo desde aquel primer encuentro que ocurrió por casualidad, como ocurren las cosas buenas. Recuerdo el miedo en sus ojos. La desconfianza… Recuerdo que me acerqué muy despacio… Y recuerdo que la gente lo entendió todo mal, porque la gente solo entiende lo que le da la gana.

Lo de mi abuela lo hemos solucionado muy bien. Aunque separadas por un montón de kilómetros, ahora ninguna de las dos se siente sola. Todos los días hablamos por Skype o chateamos por WhatsApp; cuando necesita comida le mando la compra directamente desde Amazon y algún capricho también le mando, porque mi abuela es un poco golosa, ya sabes. Desde aquellos años que pasamos juntas el mundo ha aprendido a funcionar de forma completamente diferente. Ella también es diferente. Yo soy diferente. A lo mejor es que nos hemos hecho mayores, solo eso.

Las visitas a mi abuela siempre son muy especiales, claro. Me cuida y me mima y por un momento el tiempo se para como si nunca me hubiera ido. Pero son incluso mejores desde que me olvidé por completo del miedo. Dejarlo a un lado es lo único que me ha hecho falta para cambiarlo todo. Ahora, lo mejor de pasear por el bosque, son mis conversaciones con el lobo.