Imaginarium

Todavía recuerdo la primera vez que entré en Imaginarium. Me encantaba pasear por la puerta y observar las luces, los colores, los juguetes y esas cosas, aunque en el fondo no terminaba de atreverme. A mí me cogió un poco mayor (en mi época no existían este tipo de tiendas) pero en realidad no me importaba porque conseguían hacerme volver a la infancia y olvidar, por un momento, que el tiempo pasa, quizás, demasiado deprisa. Un día me armé de valor, entré por la puerta grande, miré a la dependienta a los ojos y formulé la pregunta: “Por favor, ¿me pone usted una tabla ouija?” La verdad es que no entendí su reacción. La pobre mujer se llevó las manos a la cabeza mientras decía con la voz entrecortada: “Pero, pero… Eso no es un juguete…” Me fui de la tienda triste y apesadumbrada. “Otro sitio donde no la tienen”, pensé… “¡Pues a ver cómo lo solucionamos, porque no hay teléfono en el infierno y cada uno se comunica con sus demonios como le da la gana…”

El Pasillo

Pocos sitios hay tan inquietantes como el pasillo de un hospital. Tan frío e interminable. Tan suspendido en el tiempo… Tan muerto. A escasos metros el bullicio, las prisas… Aquí la nada…

Treinta y seis vueltas al sol y unos cuantos viajes nos separan. Setenta y dos veranos de este regalo que es la vida; ciento ocho entre los dos. Muy poco. Demasiado poco.

Me guardo cientos de conversaciones especiales que vivirán en mi cabeza hasta que volvamos a vernos. Me quedo solo con lo bueno, porque lo malo nunca ha existido contigo.

Esperaré cualquier señal a este lado del pasillo, mientras vigilo atentamente la entrada. Quizás un día te dé por salir, o a mí me toque atravesarla.

El Megáfono

Encendió el megáfono, se lo acercó a la boca y empezó a gritarle a su fotografía: “En lo bueno y en lo malo, ¡gilipollas!”

[Relato publicado por Microcuento.es el 17/06/2019]

Sueño, Millones, Cada

“Yo nunca sueño”, me dices. ¡Pues qué pena! Porque vivir es soñar y yo sí que sueño. Yo sueño sueños, así, transitivamente. Yo sueño cada día, y sueño millones de sueños. Yo imagino, yo hago planes, yo anhelo… Yo compongo y recompongo mi vida, una y otra vez, precisamente porque sueño. Tú sonríes de medio lado y miras por encima del hombro con la mente en blanco. “Yo nunca sueño”, me dices… ¡Pues qué pena!… Tú solo cierras los ojos…

[Los que me siguen ya lo saben: soy “adicta” al Reto 5 Líneas de Adella Brac. En alguna ocasión hemos comentado en qué consiste pero por si queréis leer más os dejo el enlace a otra entrada, donde tenéis toda la información:
https://letracuadrado.wordpress.com/2019/01/16/reto-5-lineas-2019/

Además, si te suscribes a su lista de correo recibirás las 3 palabras de cada mes unos días antes de que se publiquen, pero no te vengas arriba, como me ha pasado a mí, porque son secretas… Así que shhhh… ¡Este mes han sido más que inspiradoras! ¡Este es mi relato!

Espero que os guste].

Tiempo De Descuento

La vi pasar entre los árboles y tocar el hombro de aquella señora tan leve y compasivamente, pero tan segura de sí misma… Al principio no la reconocí, aunque la verdad es que había que fijarse muy poco para saber quién era. Se movía con ese aire de superioridad que tienen las madrastras de los cuentos, las hechiceras malintencionadas, los que confían en que te pueden y los que están seguros de que un día saldarán cuentas contigo… Extraña sensación la de vivir toda una vida con la única certeza de que le perteneces solo a ella.

Siempre me había preguntado cómo sería nuestro encuentro final. ¿La vería venir? ¿La sentiría siquiera? Esa tarde iba recorriendo el parque de un lado a otro buscando a quién abrazar, a quién llevarse con ella… Me recordaba mucho a esa presentadora que micrófono en mano, caminaba entre el público a ver a quién le daba “la sorpresa”. ¡Qué tensión!

El paseo no le duró demasiado; cuando encontró la compañía que buscaba la envolvió con cadenas y la acogió bajo su manto hasta que desapareció. Como si fuera un truco de magia. Ahora estás, ahora ya no estás. Así de simple…

Miré a mi alrededor extrañada. Nadie parecía haberse percatado de su presencia; nadie daba muestras de que semejante aparición estuviera paseándose a plena luz entre mortales indefensos. Cuentan las historias de miedo que la gente empieza a ver cosas raras cuando el gran momento está cerca, y yo la estaba viendo… ¡Pues maldita la gracia!

Cuando llegó a mi altura se paró delante, me miró a los ojos durante un breve instante, que se me hizo eterno, y finalmente dijo “hasta luego”. Habría preferido que dijera adiós, sinceramente, pero tampoco es que sea tan importante. Total, tarde o temprano… A continuación emprendió tranquilamente el camino de regreso, a saber a dónde, mientras tarareaba para sí una cancioncilla la mar de inquietante:

Llego de noche,

Llego de día.

No hay tiempo en la muerte.

¿Eres rico?

¿Eres pobre?

No hay dinero en la muerte.

Vives de prestado en tiempo de descuento.

Al final, nadie escapa a mis abrazos.