El Pasillo

Pocos sitios hay tan inquietantes como el pasillo de un hospital. Tan frío e interminable. Tan suspendido en el tiempo… Tan muerto. A escasos metros el bullicio, las prisas… Aquí la nada…

Treinta y seis vueltas al sol y unos cuantos viajes nos separan. Setenta y dos veranos de este regalo que es la vida; ciento ocho entre los dos. Muy poco. Demasiado poco.

Me guardo cientos de conversaciones especiales que vivirán en mi cabeza hasta que volvamos a vernos. Me quedo solo con lo bueno, porque lo malo nunca ha existido contigo.

Esperaré cualquier señal a este lado del pasillo, mientras vigilo atentamente la entrada. Quizás un día te dé por salir, o a mí me toque atravesarla.

Descanso, Extraña, Suelo

La extraña figura se erguía majestuosa en el centro de la nave industrial. El cuerpo colgaba del techo, los pies apenas rozaban el suelo y las alas se desplegaban en posición de echar a volar. “El Ángel” era un collage de trocitos de persona, cosidos para componer la fantasmagoría que ahora les contemplaba. A los pies, una nota: “Por fin los influencers están reunidos donde merecen. Que el cielo sea vuestro descanso. Alguien tenía que hacerlo”.

Tiempo De Descuento

La vi pasar entre los árboles y tocar el hombro de aquella señora tan leve y compasivamente, pero tan segura de sí misma… Al principio no la reconocí, aunque la verdad es que había que fijarse muy poco para saber quién era. Se movía con ese aire de superioridad que tienen las madrastras de los cuentos, las hechiceras malintencionadas, los que confían en que te pueden y los que están seguros de que un día saldarán cuentas contigo… Extraña sensación la de vivir toda una vida con la única certeza de que le perteneces solo a ella.

Siempre me había preguntado cómo sería nuestro encuentro final. ¿La vería venir? ¿La sentiría siquiera? Esa tarde iba recorriendo el parque de un lado a otro buscando a quién abrazar, a quién llevarse con ella… Me recordaba mucho a esa presentadora que micrófono en mano, caminaba entre el público a ver a quién le daba “la sorpresa”. ¡Qué tensión!

El paseo no le duró demasiado; cuando encontró la compañía que buscaba la envolvió con cadenas y la acogió bajo su manto hasta que desapareció. Como si fuera un truco de magia. Ahora estás, ahora ya no estás. Así de simple…

Miré a mi alrededor extrañada. Nadie parecía haberse percatado de su presencia; nadie daba muestras de que semejante aparición estuviera paseándose a plena luz entre mortales indefensos. Cuentan las historias de miedo que la gente empieza a ver cosas raras cuando el gran momento está cerca, y yo la estaba viendo… ¡Pues maldita la gracia!

Cuando llegó a mi altura se paró delante, me miró a los ojos durante un breve instante, que se me hizo eterno, y finalmente dijo “hasta luego”. Habría preferido que dijera adiós, sinceramente, pero tampoco es que sea tan importante. Total, tarde o temprano… A continuación emprendió tranquilamente el camino de regreso, a saber a dónde, mientras tarareaba para sí una cancioncilla la mar de inquietante:

Llego de noche,

Llego de día.

No hay tiempo en la muerte.

¿Eres rico?

¿Eres pobre?

No hay dinero en la muerte.

Vives de prestado en tiempo de descuento.

Al final, nadie escapa a mis abrazos.